miércoles, 11 de enero de 2017

Leer, ver, escuchar


Enero. Frío y pocas perspectivas de buen tiempo a corto plazo. Mi época preferida del año.

Ironías aparte, comienzo un 2017 que promete estar, como mínimo, lleno de emociones. A ver si son de las buenas (por ponerle optimismo a la vida que no quede).

Las Navidades han estado rellenas de sabores agridulces, pero se salvan, desde luego, por la carita de felicidad de Peque al descubrir que los Reyes Magos, sibaritas como ellos solos, se zamparon al pasar por casa tres bombones de colores (made by Mr. X), unos After Eight y Ratafia Russet de la buena para tirarlo todo abajo. Ahora mi salón es menos Kondo que nunca, inundado de Legos, aviones, peluches, y el regalo estrella de este año, una caja de cartón (de la pantalla nueva del ordenador) con la que lleva jugando toda la semana.

Eso sí, estas fiestas y sus rutinas alteradas, me han proporcionado ratos de esparcimiento personal a los que he sacado mucho provecho…

Leer

-Salvador. Vimos en televisión una entrevista a Salvador Alvarenga, un naúfrago que pasó 438 días a la deriva en el Pacífico, y la historia me atrapó. Mr. X me regaló el libro justo antes de Navidad y me lo leí en cinco días. Si algo me quedó claro, es que yo no hubiese pasado posiblemente de la primera semana. Las ideas que tuvo para sobrevivir me parecen alucinantes, desde mi cómoda existencia urbanita no sé ni la mitad de cosas que ese hombre para lograr subsistir en un medio hostil.

-Cómo ser mujer, de Caitlin Moran. Reconozco que no he leído mucho sobre feminismo, y lo que leía no me llegaba. Por fin, desde el humor, he sentido que conectaba con algo que hasta ahora me parecía ajeno.

Ver

-El concierto. En mi agenda hay una lista de películas futuribles. Lo que pasa es que a menudo pasa tanto tiempo hasta que surge la oportunidad de verlas, que ya no recuerdo quién me las recomendó, cosa que me sucedía con esta comedia francesa. La empecé a ver sin grandes expectativas, y acostumbrada a consumir sobre todo cine norteamericano, recordé lo refrescante que es cambiar de registro y disfrutar de la ironía europea. El final me dejó llorando de emoción. En perspectiva veo que han sido unos días llenos de locos y maravillosos violines…

-Gosford Park. Soy bastante fan de Robert Altman, tiene un sello inconfundible, me gustan sus miles de personajes, sus historias que se cruzan, pasiones, misterios y por encima de todo, interpretaciones que siempre me parecen brutales. Olé Helen Mirren, soberbia como siempre.

-Boyhood. El hecho de la que filmasen con los mismos actores a lo largo de varios años me llamaba mucho la atención, y la verdad es que le da una verosimilitud muy curiosa a la película. Si ya como madre sientes que el tiempo vuela, viendo crecer al chaval protagonista en dos horas y pico casi me da algo. Ese día Peque se llevó dosis extra de abrazos, besos y achuchones.

-Viaje a Sils Maria. No sé qué me llevó a apuntarla en mi lista, pero a pesar de ser extraña y no tener muy claro si la recomendaría o no porque puede ser un poco pedrusco, me gustó. Juliette Binoche siempre me parece creíble, y hasta disfruté con la interpretación de Kristen Stewart, a la que no tenía en mi altar actoral precisamente. Una reflexión sobre el tiempo y el ego.

-The OA. O cómo Netflix llegó a mi vida. Llevamos tres meses siendo usuarios de esta plataforma, y me tiene loca, loquita, loca. No puedo decir mucho de qué va la serie, salvo lo poco que te plantean de entrada: una chica vuelve a casa siete años después de haber desaparecido y sus padres flipan en colores al descubrir que ya no es ciega. De momento sólo hay una temporada de ocho capítulos y me los zampé en dos días. Quiero la segunda temporada ya.

Escuchar (y sentir, y reír, y bailar, y llorar)

-Ara Malikian. Ya hablé de él en el blog cuando lo descubrí. Papa Noel nos trajo a Mr. X y a mí unas entradas para disfrutar de su arte en el Palau de la Música, y desde entonces su violín suena en casa a todas horas. Peque también ha sucumbido, y me hace poner Misirlou veinte veces al día. No estoy exagerando, más bien me quedo corta, pero es que no es para menos…

                                                                   






                                                             









miércoles, 14 de diciembre de 2016

Kitschmas is coming


El día uno de diciembre, inaugurando nuestro calendario de adviento, Peque y yo procedimos a decorar la casa. Si ya de por sí tiende a ser de un barroco abigarrado, sumándole guirnaldas, lucecitas psicodélicas, tions y caganers, el resultado es cuanto menos, curioso. Tomé una foto de nuestro pesebre surrealista, la subí a instagram y en un alarde de ingenio creativo la titulé: “Kitschmas time”. Luego descubrí que el palabro ya estaba inventado, pero no importa, nadie se percató de mi súper juego de palabras.

Hablando del calendario de adviento, cada vez me cuesta más encontrar actividades con las que satisfacer a mi vástago. Es el tercer año que me lanzo a la aventura de idear veinticuatro actividades en un mes (¡veinticuatro!), y creo que cada edición es peor que la anterior. Bueno, hemos hecho cosas muy chulas (como patinar sobre hielo o ver ayer mismo Vaiana -¡muy recomendable!-), pero en esta recta final before Xmas estoy seca de ideas. Me quedan dos o tres ases en la manga, el resto es un desierto de inventiva maternal que ríete tú del síndrome de la hoja en blanco. Hoy la casita correspondiente al día catorce ha amanecido vacía y Peque se ha pillado un mosqueo XXL. Con lo que yo aún me he mosqueado más y he tenido que hacer acopio de toda mi reserva zen para resetear y no empezar el día de esa gloriosa manera. Y conseguido lo he (muy Yoda me veo).

Por fortuna, mi labor de mamá noela-reina maga está finiquitada desde la semana pasada y ahora sólo me queda pensar en qué manjares exquisitos prepararé para Nochebuena, única festividad en la que me toca currarme la comida. Tengo claro que como acompañamiento haré spätzle, una pasta que preparaba mi padre y que es éxito asegurado entre la población menor de edad que habita mi reino, pero aún rumio que cocinaré de plato principal.

Aunque confieso que ir de compras navideñas, ver los escaparates y las luces, pensar cosas chulas que hacer con mi estirpe y elevar mi espíritu navideño a la estratosfera tiene su punto, una parte de mí nada despreciable bucea en la nostalgia. Creo que me mola más el papel de niña que el de madre directora de eventos en lo que a las navidades se refiere. Quiero levantarme y que papá esté haciendo galletas de chocolate. Que el aroma a vainilla inunde el comedor. Que mi abuela me haga una coleta y me repeine con colonia. Que mi madre busque el disco de villancicos de Francia. Que en Nochebuena mi tía me prometa que iremos a patinar y me vaya a dormir con la convicción de que he visto el trineo de Papá Noel por la ventana. Que me levante en Navidad y descubra que la Nancy y la bicicleta están bajo el árbol. Que tenga quince días por delante para jugar, comer chocolate, divertirme y aborrecer la idea de volver al cole.

En el fondo, soy mucho más niña que adulta, sólo que lo disimulo muy bien.








miércoles, 7 de diciembre de 2016

Dreaming


Al principio, todo es difuso. Está esa sensación, tan intensa y real, de volar. Pero no vuelo, me deslizo. La pista está inmaculada, una finísima neblina la cubre por completo y se oye el ruido provocado por mis patines en un rítmico y perfecto siseo que únicamente puede indicar que el movimiento de las cuchillas es impecable, exento de roces, sin señal alguna de que ha habido un fallo en la técnica.

Me muevo sin miedo, con la confianza plena de que no me voy a caer. Avanzo a velocidad creciente, cojo la curva con unos cruzados ágiles, y me giro para seguir de espaldas, con los brazos acompañando un desplazamiento impoluto.

No salto, practico concienzudamente algunas piruetas y pasos que me provocan esa sensación de no rozar apenas el hielo. Siento el frío en mi cara. Soy etérea. No me duelen las rodillas. Mi cuerpo es fuerte, flexible y dinámico.

Y ahí me despierto.

Es uno de mis sueños –buenos- recurrentes (tengo unos cuantos), y diría que mi preferido. En esos sueños patino siempre como una campeona olímpica (puestos a soñar, ¡mejor hacerlo a lo grande!). La realidad, sobra decirlo, difiere bastante de ese estupendo mundo onírico.

Patinar sobre hielo es una afición que he tenido a épocas intermitentes –una intermitencia derivada de las circunstancias, no de las ganas-. Hice un par de cursos cuando era adolescente, y unos cuantos más con mi amiga E justo antes de tener a Peque. Con E superamos varios niveles básicos y nos adentrábamos ya en el fantabuloso mundo del patinaje artístico cuando descubrí que estaba embarazada. Desde entonces no había vuelto a patinar. Me parece un deporte muy complejo. Cuando veo a un patinador ejecutar una secuencia de pasos, pienso en los años de práctica que conlleva aprender cada ínfimo cambio en la posición de la cuchilla, mutando la posición del cuerpo, el centro de gravedad… Complicado de cojones. Y de ovarios. Y de todas las gónadas habidas y por haber.

Pero quiso el calendario de adviento obsequiarnos con una entraditas para la pista de hielo. Bajé del altillo mis patines (los adoro, fetichismo puro modo on), y nos fuimos con Peque y sus hermanos a quemar calorías sobre un par de cuchillas.

Me daba pánico entrar a patinar y pegarme el leñazo padre, pero para mi sorpresa, este cuerpo serrano que tengo aún recuerda como mantener el equilibrio. No me atreví a hacer demasiadas cabriolas para no tentar a la suerte –y porque no me acordaba de casi nada, que la maternidad me ha fundido unas cuantas neuronas-, pero fue maravilloso volver. Peque disfrutó de lo lindo… cayéndose. Sí, a él le moló mas tirarse al hielo que conquistarlo en vertical, pero ya me ha pedido dos o cuatrocientas veces que volvamos. Y para qué negarlo, con este tema, soy muy, pero que muy fácil de convencer.











lunes, 21 de noviembre de 2016

Qué verde era mi Cambridge


Hace unas semanas mi amiga E nos invitó al primer cumpleaños de su primogénito, que resulta ser mi ahijado. Ganas de asistir no nos faltaban, pero había un pequeño inconveniente: unos 1500 km de distancia, más o menos (hace unos cuantos años que mi amiga cambió el sol de California por la llovizna de Cambridge).

Lo de viajar nos pirra, e Inglaterra estaba en mi wishlist de peregrinajes desde hacía tiempo, pero nunca encontrábamos la oportunidad, hasta que E me llamó. Después de consultar parámetros varios, decidimos ir al cumple (¡yuhuuuu!). Y yo empecé a hiperventilar, porque mi pasión por los viajes es directamente proporcional al yuyu que me da coger un avión.

Cambridge nos ha enamorado. Y eso que hacía un frío de tres pares de cojones. Un frío húmedo gracias al chirimiri casi continuo y al río que recorre la ciudad, el río Cam (de ahí lo de su nombre). A pesar de eso, por lo que nos dijo E, es una de las ciudades con más horas de sol de todo el país, y lo cierto es que un día soleado sí tuvimos.

Para llegar a Cambridge lo ideal es aterrizar en London Stansted y coger allí un tren que en media horita te deja en la ciudad. Lo único pesado es pasar la frontera (por llegar un sábado nos chupamos como cuarenta minutos de cola interminable –con un niño que ha dormido cuatro horas y que está entre agotado y excitado, puede ser un lindo calvario-). Dicho esto, la señora que estaba en la aduana fue muy simpática y se marcó unas palabritas en castellano a Peque que le sacaron una sonrisa (en general hemos dado con unos brittish muy agradables).

Cosas de Cambridge…

-Vale mucho la pena ver por dentro los famosos Colleges. Las visitas son gratuitas en algunos y de pago en otros, pero la espectacularidad de los edificios bien lo merece (y la universidad de Cambridge es la más antigua de habla inglesa después de Oxford -desde 1200 y algo, toma ya-). Nosotros fuimos a St John’s y a Gonville and Caius. Para la próxima no nos perderemos King’s College, pero desde St John’s se puede ver un puente monérrimo imitación del de los suspiros de Venecia.

                                                                 


Una curiosidad. Según me explicó E, la hierba (verde a más no poder y tupida como ella sola), sólo puede ser pisada por un estudiante de Cambridge, así que nada de selfies en medio del verdor. Forbidden!



-Puedes darte un paseo por el río Cam en batea (punting, le llaman, y durante tus vueltas por el centro te avasallarán con el tema y hay que regatear el precio; nosotros conseguimos un garbeo por veinte libras). Desde la batea se pueden atisbar todos los colleges y mientras tanto el gondolero te explica anécdotas varias (de las cuales sólo pillé la mitad o menos porque mi inglés británico está por pulir).





-En Cambridge no hay palomas, hay cuervos (y patos, y algún cisne), por todas partes. A Mr. X y a mí nos llamó mucho la atención, deformación profesional. Y también muchas bicis. Ojo al cruzar una calle, hay que mirar para todos los lados antes de aventurarse o te juegas el tipo.

       


-La comida, ay la comida. Bueno, los ingleses no son precisamente famosos por sus artes culinarios, pero hemos de decir que comimos muy bien. Nuestra amiga E nos llevó el primer día a tomar un brunch a una cadena de restaurantes, y estaba riquísimo. Eso sí, lo típico es tomarlo con té y por ahí no pasé. Mr. X le dio a una pinta de Guinness, y yo, que no soporto la cerveza que no sea helada y llena de gas, me tiré a la Corona. En otros sitios fui aún peor y bebí Estrella. Sí señor, Estrella everywhere. Hay que ser guiri…




Para la cena nos recomendaron un pub que estaba cerca de nuestro hotel. Un pub tailandés. Ese concepto me produjo un poco de cruce de cables, porque mi idea de un pub era un tugurio oscuro lleno de hombres de mediana edad en la barra dándole a las ale, pero no, también sirven comidas. Atención al funcionamiento, porque es curioso. Cuando llegas lo primero es pedir la bebida en la barra, y te la llevas a la mesa. Después pides la comida, pagas, y los camareros te la sirven cuando está lista. Después de mi experiencia en USA -donde me llevó mi tiempo descubrir que la propina es obligatoria y cerca del veinte por ciento de la factura- le pregunté a E sobre la conveniencia de dejar o no propina. En general no es necesario, y en los pubs hasta se lo pueden tomar mal.

El domingo comimos en The Eagle, otro pub de renombre. Al parecer Watson y Creek siempre iban allí a tomar algo, y según te vende el local, en uno de sus rincones se inspiraron y descifraron la estructura del ADN (o DNA en english). La mesa que frecuentaban tiene la plaquita correspondiente. Anécdotas aparte, es un pub enorme y las mesas van muy buscadas. Te toca entrar, investigar, y plantarte delante de la que veas con opciones hasta que se vacía. Es la guerra. Pero vale la pena por catar un sunday roast o unas salchichas con puré de patatas (ligero, ligero).

-Durante nuestros paseos descubrimos que el dulce típico de Cambridge es el fudge, una especie de caramelo con todos los azúcares posibles que elaboran en una enorme mesa de mármol dándole forma hasta que se solidifica. No soy muy de dulces, pero el de chocolate negro y ron está que se sale.

-Las tonalidades de las hojas otoñales se comieron varios megas de mi tarjeta de memoria. Qué colores...

                                   



Peque lo ha vivido como toda una aventura y decía “hello” y “good bye” con un acento de lo más británico. Me da que vamos a tener que repetir. Todo sea por su formación académica...


                                 





jueves, 10 de noviembre de 2016

Sustos postizos y castizos


El susto castizo, muy de la tierra porque aquí el carterismo está a la orden del día, me lo llevé hace dos días. Después de una tarde de compras con Peque (chantaje mediante para que no estuviese de morros mientras yo me decidía entre dos pijamas monérrimos de la muerte), fuimos a coger el autobús para volver a casa. Busqué las tarjetas de transporte justo antes de subir y cuando iba a poner un pie en el bus oí unas monedas caer al suelo. No pudo pasar más de un segundo, pero en ese lapso de tiempo y tras mirar mi bolso, el suelo y un hombre que se alejaba de mí, entendí que las monedas eran mías, pero que no se me habían caído a mí, sino al tipo que me había birlado la cartera y que se alejaba rápidamente de la cola. Cosa extraña en la menda, reaccioné ipso facto y grité que me habían robado. Dejé a Peque ahí plantado (sin pensarlo, de hecho) y salí detrás del tipo, al que agarré por la manga exigiéndole mi cartera. Por un momento se llevó la mano al bolsillo y se me pasó por la mente que iba a sacar una navaja, pero por fortuna eso no ocurrió y verme rodeaba de varias personas me dio fuelle para seguir reclamando lo mío. Como el tío se hacía el loco, le pedí ayuda a dos chavales de unos veinte años que pasaban por allí: "Chicos, ¿me ayudáis?, me ha robado y no me quiere devolver la cartera". Supongo que el ladrón, al sentirse rodeado se acobardó y dejó caer algo al suelo. Mi cartera. Detrás de mí iba una señora mayor que lo había visto todo y que se lanzó encima de él. En ese momento me di cuenta de que Peque lloraba en la cola del bus, recogí la cartera y me fui corriendo a ver cómo estaba. También me di cuenta entonces de que el autobús me estaba esperando, y me subí con Peque mientras lo tranquilizaba. La señora mayor vino corriendo y me dijo victoriosa: "Nena, ¡yo le he dado con el bolso en toda la cabeza!". Las puertas se cerraron y me giré para descubrir que todo el mundo me miraba en silencio. De esas cosas que pasan en segundos, que a saber si has actuado correctamente o no... pero el tipo no lo logró.
El otro susto -postizo porque fue menos de lo que mi mente enferma imaginó- me lo llevé por Halloween. Mr. X, Peque and me nos fuimos a la casa de veraneo de la familia de mi consorte hace dos findes con objeto de preparar la morada para una Castaween (híbrido catalanoamericano de castanayada y Halloween). Mi suegra, muy de decorar cualquier guateque, le regaló a Peque telarañas, esqueletos y una careta. Una careta horrible a matar. La de Scream, vamos. Para Peque es sólo una careta de fantasma, para mí es el icono del miedo cinematográfico de mi post-adolescencia.

Hallábame yo mismamente en la cocina preparando un aromático risotto con funghi, cuando el cabronáceo de mi hijo apareció de un salto enfrente de mí con la consabida careta. Una que es de susto fácil pegó un buen alarido y ya estaba a punto de cagarme en sus ancestros cuando se fue la luz. Pam, de golpe. Y como elemento tenebroso añadido, la radio seguía sonando. Comencé a gritar: "¡Mr. X! ¡Mr. XXXXXX!". Nada. Y Peque, muy divertido él, persiguiéndome con la puta careta. Como suele decirse, toda mi vida pasó antes mis ojos. Bueno, mentira. Pasaron Scream 1, Scream 2, Scream 3, Scream 4 y la madre que las parió a todas. Después de desgañitarme llamando a mi señor marido, este pasó como una exhalación por mi lado (lo que me llevó a preguntarme si era él o el asesino halloweenense de turno) y unos segundos después se hizo la luz -justo cuando llegó al cuadro eléctrico de la casa y accionó el diferencial que había saltado, pura magia-.

Ya me lo tengo dicho, "no veas pelis de miedo nena". Pero no me hago caso.




viernes, 4 de noviembre de 2016

Hay un bar…


… al lado de mi trabajo, que me tiene el corazón robado.

Cuando dejo a Peque en el cole dispongo de cuarenta y cinco minutos sólo para mí. Cuarenta y cinco minutos sagrados en los que puedo hacer lo que quiera (un lujo que las madres apreciamos como caviar ruso). Antes me sentaba en una plaza a leer, pero cuando el frío comenzaba a apretar no me quedaba otra que entrar antes en el curro. No había descubierto aún un rincón que me encandilase para pasar ese tiempo sacrosanto. Hace un par de años abrieron EL bar, probé y desde entonces forma parte de mi rutina.

Los camareros me conocen, los saludo al entrar -casi siempre soy la primera- y no hace falta que añada nada más. Cinco minutos más tarde depositan un humeante té verde al lado de mi libro electrónico, compañero inseparable de fatigas.

Hay un asiento que suelo preferir, pero no soy maniática, existen alternativas sugerentes si algún cliente madrugador decide usurpar mi trono.

Los muebles son antiguos, de madera. Hay una gramola y otros cachivaches con solera, y la música siempre me resulta acertada, logrando incluso mutar mi estado de ánimo y llevarlo a parajes más seductores. Jazz de Nueva Orleans, cantos africanos, canciones en árabe, rock de los cincuenta, música folk o simplemente cantantes que no conozco y que se quedan en mi horizonte para ser explorados.

Hoy pensaba mientras le daba vueltas al té con la cucharilla y agitaba el pie al son de esa canción* que Halloween me ha hecho meditar, más si cabe, sobre la muerte, tan presente en mi vida (y en un sentido más bien positivo, dado que hace que saboree cada instante como único e irrepetible). Pasan los años, crecen los achaques, y el envejecer es palpable. Y la muerte, más o menos rápido -¡quién lo sabe!- se acerca. Recuerdo que cuando el padre de Mr. X estaba en sus últimas semanas de vida dijo algo como: “Así que morirse es esto...”. Me pareció revelador. Cada cosa nueva que hacemos y conquistamos se viste de la misma sensación de descubrimiento. Y la muerte no debe ser diferente, imagino.

Me gusta mi vida. Con sus cosas buenas y no tan buenas (como dice Matt, todo el mundo tiene su ración de mierda, cómo me mola esa teoría colega). Me encanta disfrutar del té verde por la mañana, del rato en autobús con Peque, de los besos de Mr. X, de las conversaciones "vamos a arreglar el mundo" con mis amigas, de salir del gimnasio después de nadar y notar una ligereza reparadora en el caminar, de apreciar como un catarro se va y respiro mejor, de descubrir por la primera página que un libro me va a encantar, de comer rollitos de primavera que he preparado yo y de beber una buena copa de Ribera.

Cuando mi madre enfermó justo cuando mi padre se había jubilado e iban a emprender una nueva etapa juntos, muchos dijeron:”Qué pena, ahora que podían disfrutar de la vida…”. Y no señores, mis padres tenían la lección bien aprendida. La vida se disfruta aquí y ahora y cada vez que te da un respiro. Sin más. Así que… a disfrutar.

*Esta canción:









                      







miércoles, 26 de octubre de 2016

Querido Planeta DeAgostini


Como ya se sabe que en esto de la maternidad te vas enfrentado a un marrón nuevo cada mes lunar o cada puñetero día, ahora estamos en pleno proceso de aborrecer el quiosco. De aborrecerlo yo, claro.

El año pasado rozamos el drama a final de curso, pero Peque sólo cayó en el afán consumista el último mes de cole. Este año hemos entrado por la puerta grande en el pantanoso mundo de los coleccionables. Colecciones efímeras y curiosas que lanzan cada dos por tres desde el universo-quiosco para tener a los críos enganchados a sus productos.

Al principio me resistía a dejarme los duros en esos trozos de plástico fabricados con dudoso gusto estético, pero claro, Peque usó un arma infalible:

-¡Es que mamiii, soy el único de mis amigos que sólo tiene unoooo!

Vamos, que me estaba haciendo directamente responsable de ser el marginado de la clase. El muy cabrito supo exactamente donde golpear. Así que para el quiosco que nos fuimos con la condición, eso sí, de gastarse sus propios ahorros en los cachivaches. Le quedan diez euros, que parecerá mucho, pero según el bicho que se compre cuesta la friolera de tres euros y medio, y este niño no se da cuenta de que está a un paso de la bancarrota. El día que le enseñe la hucha vacía ya me veo llegar a los cuatro jinetes del Apocalipsis.

Dentro de lo malo, algunas de estas colecciones tienen a animalillos como protagonistas y explican datos curiosos de su biología, cosa que tiene su punto, pero o los creativos de la empresa que los fabrica andan un poco pez en zoología o piensan que para qué ceñirse al título de la colección cuando hay un bicho molón y feo que se parece y que puede colar. Porque en la cole de pirañas hay una anguila, y en la de murciélagos, tenemos un coipo o una rata para animar el cotarro. Ah, y siempre, siempre, siempre, hay algunos bichos que son fosforescentes, y que por supuesto son el objeto de deseo de todo chiquillo y que es condición sine qua non para alcanzar el nirvana.

En fin, que cada tarde me veo inmersa en una negociación nivel presupuestos-del-estado para decidir si la jefa de gobierno autoriza o no la partida para esparcimiento propuesta por el ministro de Asuntos Lúdicos. Ahí es nada.

   


                                                       Y a mí que me recuerda a Fujur...