jueves, 9 de marzo de 2017

Cuando yo era pequeña


Leí en los fantabulosos blogs de Remorada y Begobolas sus cuestionarios nostálgicos, y no he podido resistirme, lo que me gusta a mí ponerme a recordar…


1. ¿Tienen tus padres algún libro de recuerdos de cuando eras pequeña?

Mi madre hacía unos álbumes de fotos espectaculares, con fechas, anotaciones, entradas de los sitios que visitábamos… Cuando murió encontré en un armario una cajita que ponía “Cosas de mi Mo”. Dentro encontré cartas a Papá Noel, dibujos y notas que le había escrito. Ahora hago lo mismo con Peque.

2. ¿Sabes si te llamaron así por alguna otra persona?

Por mi madrina, la mejor amiga de mi madre. Como es francesa mi nombre también lo era, pero la normativa estatal no permitió que figurase así en la inscripción del registro de nacimiento. Sólo mi familia usaba la versión francesa. Ahora muy poca gente lo hace, pero me encanta que me llamen Monique.

3. ¿Conoces que otros nombres barajaban tus padres?

Verónica (Veronique, en realidad).

4. ¿Tu primer recuerdo?

Creo que es un recuerdo implantado. Me explicaron tantas veces la batallita que lo he acabado visualizando. Por lo visto el día de mi tercer cumpleaños lo estrené estampando mi frente en la cama y el chichón fue épico.

                                               


5. ¿Tus padres te leían o contaban historias? ¿Recuerdas cuáles?

De pequeña recuerdo más a mi abuela contándome historias: la ratita presumida, la cigarra y la hormiga, la liebre y la tortuga… Y una inventada que yo le cuento a Peque.

6. ¿Cuando eras pequeña te acuerdas de lo que querías ser de mayor?

Creo que lo primero fue traductora oral de las Naciones Unidas.

7. ¿Tenías algún profesor favorito?

Había una profesora que me caía muy bien, se llamaba Montse, y nos daba ciencias en primaria.

8. ¿Cómo solías ir vestida al colegio?

De segundo a octavo, con uniforme. Un pichi gris en una escuela, y pantalones azules y camisa blanca en la otra.

9. ¿A qué solías jugar?

Jugaba mucho sola con mis muñecas, y me encantaba construirles casitas. De cartón, plastilina, lo que tuviese.

10. ¿Tenías alguna casita de juguete?

La de Pin y Pon, que era una maleta.

11. ¿Algún recuerdo de tu familia en vacaciones?

En Alemania, verde en verano, blanca en invierno. Nos alojábamos en una granja con Zimmer Frei de la Romantische Strasse y paseábamos por los pueblos colindantes, los bosques frondosos, las ferias locales… Me encantaba.

12. ¿Y alguno de tus primeros cumpleaños o Navidades?

Cuando cumplí seis años invité a tres amigas del colegio y mis padres y mis abuelos maternos (vivíamos con ellos entonces) montaron una fiesta con gorritos y una piñata. Me alucinó.

13. ¿Heridas memorables?

Fractura de antebrazo (no sé si cúbito o radio) con unos ocho años. Antes de ir a piscina jugábamos en un parque, y me caí sobre mi brazo. Para mi desgracia, externamente no se veía nada y no me libré de nadar la hora entera con el brazo roto.

14. ¿Primera mascota?

De pequeña en casa había una Gossa d’Atura, pero mi primer sentimiento de cuidadora de un animal fue hacia un caracol que mi madre me hizo tener como mascota para superar el asco que me daban. Lo amé mucho, pero tuvo un triste final (mi abuelo lo pisó).

15. ¿Tus abuelos te solían contar historias de juventud?

No recuerdo demasiado de mi abuelo, pero mi abuela sigue viva y cada vez que la visito en la residencia me explica miles de historias. Es un regalo escucharla.

16. ¿Tu entretenimiento favorito de pequeña?

Las muñecas, leer, escribir, ver la tele, la Game Boy (era una máquina con el Tetris).

17. ¿Recuerdas la llegada de algún nuevo invento a tu casa?

Y tanto. El reproductor de CD, una navidad. Mi madre se compró el de la ópera Madame Butterfly y lo escuchamos esa misma noche.

18. ¿Tenías TV? ¿Blanco y negro o color? ¿Cuántos canales?

La primera que recuerdo tenía dos canales, y diría que era en blanco y negro.

19. ¿Te mudaste alguna vez de pequeña? ¿Recuerdas cómo fue?

Cuando tenía siete años mis padres se fueron a vivir juntos, antes mi madre y yo vivíamos con mis abuelos. No recuerdo la mudanza en sí, pero me alucinó pasar de una casa pequeña donde éramos ciento y la madre a tener mi propia habitación. Flipe máximo.

20. ¿Recuerdas algún desastre natural en el que se viera involucrada tu familia?

Mi madre no vivió ningún desastre natural que recuerde, pero sí me habló varias veces de unas fallas accidentadas en Valencia en los setenta (entonces su familia vivía en un pueblo cercano). Los petardos se mojaron la noche anterior y cuando encendieron el castillo de fuego empezaron a explotar hacia la gente, mi madre lo recordaba con verdadero horror.
Mi padre, por su parte, vivió un terremoto cuando residía en Venezuela, en la década de los sesenta.

21. ¿Algún recuerdo musical? ¿Qué canciones se oían en tu casa?

En casa todo era música. A mi padre le encantaban las rancheras, Chubby Cheker, Jerry Lee Lewis… Mi madre escuchaba mucha música clásica (Verdi, Mozart, Beethoven) y era fan absoluta de Pink Floyd y Queen. Pero no faltaban Abba, Boney M, Leonard Cohen…

22. ¿Algo que te enseñase un miembro mayor de tu familia?

Mi abuela me enseñó a hacer ganchillo.

23. ¿Marcas de tu infancia?

La Megadrive de Sega, los chicles Bang Bang, el champú Filvit (ejem)…

24. ¿Coleccionabas algo?

No con mucha dedicación. Por moda tuve algunos coleccionables de la época (el álbum de D’Artacán y los tres mosqueperros, cosas así).

25. ¿Tu recuerdo de infancia favorito?


Por suerte son muchos. Hoy me quedo con las madrugadas en las que partíamos a Alemania para hacer la mayor parte del trayecto de día. Nos levantábamos muy temprano y mientras mis padres desayunaban su café humeante yo me acurrucaba en el sofá esperando el momento de subirnos al coche y empezar la aventura.


                                   












lunes, 6 de marzo de 2017

Movimiento


Inicialmente escribí este texto para un concurso de relatos de formato libre que llegó misteriosamente a la bandeja de entrada de mi correo electrónico, pero entre pitos y flautas, que diría mi abuela, se me pasó el plazo de entrega antes de que pudiese darle la forma que deseaba... así que aquí se queda.



Lo que mueve mi vida pesa unos veintidós kilos, mide cerca de metro veinte, y cada día me lleva de la mano a un tiovivo de emociones. De la risa al llanto, de la plácida felicidad al mosqueo máximo, de los ratos de descanso a la extenuación suprema. Me llama mamá dos o trescientas veces al día o mami cuando pretende camelarme –cosa que por supuesto, consigue-.

Lo que mueve mi vida me convirtió en progenitora poniendo patas arriba mis creencias y prioridades, sumiendo nuestro hogar en el caos y obligándome a hacer acopio de ingentes dosis de paciencia, ingenio, cordura y alegría –imprescindible, lo sé bien- para sobrellevar los retos continuos a los que nos vamos enfrentando.

Aunque no creí que obtener el carné de madre cansase, preocupase y removiese tanto, sí intuí con certeza iba a ser un amor mayúsculo. Y me quedé corta, porque ese niño que me mira con ojos grises por la mañana y se pregunta el universo a través de conversaciones surrealistas que exigen respuestas ocurrentes y a veces imposibles, ha dado un vuelco a mi existencia.

Lo que mueve mi vida a veces me da un suave balanceo, en un abrazo de primavera, con risa contagiosa, y en otras ocasiones zarandea mis sentimientos, porque no comprende el mundo, ni se comprende aún a sí mismo y busca en mis reacciones la extensión de sus límites.

Lo que mueve mi vida lo hace en ocasiones a ritmo de rock, y en otras con la suave melodía de un violín, pero casi nunca en silencio, porque necesita unos acordes que nos acompañen, porque sabe que su madre se convence más fácilmente con una canción de fondo que eleve su ánimo, porque siempre nos ha ido bien así. En movimiento, él y yo, desde que era una célula aletargada en un tranquilo vaivén en algún lugar de mi ser.





jueves, 16 de febrero de 2017

La verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad


Anda que no me he chupao yo pelis de juicios para que pensando en el título del post me saliese esto… en fin, así funciona mi “celebro”, que diría uno que yo me sé.

La semana pasada, sin venir a cuento, con nocturnidad y alevosía, y en pleno autobús, para no faltar a la costumbre, Peque me preguntó:

-Pero a ver mamá, ¿quiénes son los Reyes Magos?

A bocajarro y con siete personas esperando mi respuesta. Yo recurrí al socorrido:

-¿Tú qué crees?

Hasta ahora esa pregunta me había salvado el culo, porque al reflexionar, él venía a decir que los RRMM son esos seres mágicos que reparten regalos a tropecientos mil niños en una sola noche a lomos de unos camellos. Pero siempre tanteaba si había algo más.

Volvamos al bus. Peque se lo pensó y me contestó:

-Yo creo que sois los padres que compráis regalos y que cuando los niños están despistados los ponéis en el salón.

En ese momento apareció un niño de la edad de Peque y le dije que no podíamos seguir hablando del tema y que en casa lo retomábamos. Por una vez en su vida me hizo caso, y justo antes de la ducha, cuando ya pensaba que había eludido la conversación, volvió al ataque:

-Entonces qué, ¿quiénes son los Reyes?

Y le dije:

-¿Tú qué quieres saber?

Me miró y contestó sin atisbo de duda:

-La verdad mamá, quiero saber la verdad.

Supe que no había marcha atrás y que había llegado el momento, así que le expliqué lo que estaba deseando saber. Y no pudo sorprenderme más su reacción, porque se puso a reír, me abrazó y me dio las gracias por haber sido sincera y también, de paso, por todos los regalos que le habíamos hecho.

Acto seguido procedí a comerle el coco para no se le ocurriese largarlo en el cole o a amiguitos que no supiesen lo que él había descubierto. Espero que convencerle de que ahora forma parte del “equipo RRMM” sea suficiente aliciente para mantenerle la boca cerrada.

Tras unos minutos, empezó a tirar del hilo…

-Entonces… ¿Papá Noel?

-Nosotros -con una caricia-.

-¿El ratoncito?

-Nosotros –revolviéndole el pelo-.

-¿Y la comida que les dejamos a los camellos? ¿Y el rastro de polvo dorado que soltaron las capas de los RRMM?¿Y el agua de la nieve fundida de Papá Noel?

-Nosotros –dándole un beso-.

Hubo algo de pena en esa pérdida de la inocencia, pero casi nada comparada con el berrinche que me pillé yo cuando me enteré -y creo que había pasado largamente de los diez u once años-. Mi suegra está un poco mosca conmigo por haber roto el hechizo, pero para mí está claro.

Él quería saber la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.



jueves, 2 de febrero de 2017

A Peque no le gusta leer


Una de las muchas cosas que imaginé de mi maternidad cuando Peque era apenas un ser tamaño limón en mi útero, era la forma en la que le inculcaría a nuestro churumbel el amor que siento por la lectura.

Yo lo heredé vía directa de mi madre, a quien a menudo recuerdo con un libro entre sus manos cuando la evoco. Siempre he amado leer y escribir, y pensé que un hijo mío por imperativo categórico iba a sentir lo mismo que yo. Meeeec. Error number one de la maternidad (o de la mía por lo menos). Los hijos no tienen por qué tener tus aficiones. Ni tu carácter. Ni tu aspecto. Lección aprendida.

A Peque le compré libros de tela. Y libros resistentes al agua para la bañera. Y libros de plástico, cartulina, papel y madera. Y libros con muchos colores e imágenes. Y le di libros que eran míos de cuando era pequeña. Y libros nuevos y relucientes. Grandes, diminutos, divertidos, emocionantes, gruesos y delgados. Y le leía cada noche, y a veces si colaba durante el día. Y a mí puede verme a todas horas con un libro en la mano (mientras cocino, camino o incluso en el váter).

Pues bien, a mi niño no le gusta leer. Nada. Lo aborrece.

Antes de Navidad la profe de Peque nos solicitó tener una reunión. Eso sólo pasa si hay algo importante de lo que hablar, y llegué a la cita hecha un flan, peor que si me fuesen examinar a mí de tercero de física cuántica. La maestra nos explicó que Peque se mostraba reacio a leer (cosa de la que tristemente ya me había percatado) y que empezaba a ir retrasado respecto al resto clase. Al ser muy autoexigente, y notar que no se le daba bien, los momentos de cabreo eran habituales (la tolerancia a la frustración nunca ha sido su fuerte que digamos). Nos instó a practicar durante las fiestas para que no perdiese el hilo al volver al cole, cosa que yo había abandonado en casa porque no quería causar el efecto contrario y provocarle un rechazo aún mayor.

Esos quince días de deberes fueron una tortura. Para él, y para mí, y eso que creo que se me puede considerar una persona bastante –muy bastante- paciente, pero logró sacar lo peor de la menda. Al final desistí de buscar libros molones y me di cuenta de que las únicas palabras que le motivaba leer eran rótulos que veía por la calle, algunas etiquetas, folletos... y centré mis esfuerzos en eso, notando que algún progreso sí que había.

Ayer la maestra de Peque nos escribió para hacernos partícipes de los avances de su alumno. Por lo visto, allí también ha ido mejorando, en técnica y predisposición. Y parece mentira como ese pequeño logro me ha alegrado más que si me hubiese tocado la primitiva (bueno, casi). No canto victoria, el crío huye despavorido cuando saco un libro para que lo lea como si estuviese hecho de ajo y él fuese un pequeño vampiro, pero por si las moscas iré creando un caldo de cultivo propicio para que sucumba a los encantos de la lectura, que yo soy muy del refranero español, y la esperanza es lo último que se pierde.




jueves, 26 de enero de 2017

Time


Ayer leí una entrevista a Eva Bach, una pedagoga y terapeuta familiar, y no pudo gustarme más. Cuenta esta sabia mujer, que para decidir qué actividades programa en su día a día se pregunta si haría una determinada cosa si ese fuese el último día de su vida, y si la respuesta es negativa, no la hace. Tan fácil y tan complicado a veces cuando uno se ofusca con preocupaciones cotidianas.

Leí también en una viñeta que los primeros cuarenta años de la infancia son los más difíciles, y aparte de sacarme una sonrisa (porque sin duda me considero una cría de casi cuarenta) me hizo pensar que acercarme a velocidad absurda a mi cumpleaños me tiene cavilando si estoy donde debo estar y como quiero estar en este momento de mi vida. Y creo que la respuesta es lo más “sí” que puede ser. Hay cosas mejorables, tanto externas como otras que dependen de mi capacidad de pulir miedos y debilidades y abandonar perezas, pero volviendo al truco de Bach, creo que el día está rellenito de momentos que disfruto de una forma consciente. Sé que cada minuto cuenta porque nadie sabe cuándo se acaba la función y que vale la pena deleitarse en los placeres diarios, cabrearse lo justo y necesario, y tratar de pasar por la vida con una sonrisa por delante. Aunque te provoque arrugas, que te las provoca. Joder si te las provoca (o yo estoy ganando vista con la edad, o hace cinco meses no tenía los abismos cutáneos que ahora rodean mis ojos).

Lo de envejecer… eso trato de llevarlo con elegancia. Aunque me va a días. Recuerdo que en mi pava adolescencia, solía creer que envejecer mola mil. Porque cada vez sabes más de la vida, porque total cuatro canas y arrugas no significan nada… Frívolamente hablando, diré que ser yo la que se ve ajada en el espejo y con signos inequívocos del devenir de los años no es ni la mitad de glamuroso de lo que me había imaginado. Llevo meses tratando de decidir si seré de las que ondean una melena plateada al viento o tiraré de tinte del Mercadona. Ni pajolera idea. Cada vez entiendo más a Quino y aquello de que la vida debería ser al revés. Empezar siendo una uva pasa y acabar en un orgasmo. Me parece un buen plan.

A pesar de todo, no cambio nada de mi vida por la lozanía y el vigor de los veinte años. Ahora me conozco de una forma que entonces no podía ni soñar. Bueno, miento. Sí me gustaría volver por un día a los veinte y cruzar el umbral de la puerta de casa para comer con mis padres y charlar con ellos. Les explicaría unas cuantas perlas de Peque (aunque me temo que eso, si existiese algún científico que me prestase su máquina del tiempo, me lo prohibiría taxativamente por el rollo de las paradojas y blablablá, pero las normas están para saltárselas, qué coño).

Hablando de Peque (el que consiguió sin saberlo que me lanzase a tener este blog, que ha mutado una cosa bárbara desde que lo concebí), mi hijo me tiene loca. En todos los sentidos. Me divierte, me abruma, me emociona, me desquicia, me desconcierta y todo esto cada día y en bucle. Ser madre es algo diferente a cada año que pasa, con nuevas preocupaciones e inquietudes, y sensaciones alucinantes que ni siquiera sabía que podría albergar. Es cierto eso de que hasta que no eres madre no te enteras de qué va la movida. Muy, muy cierto. Tendrás tus teorías megachulas, tus consejos hiperprácticos y tu plan-educativo-infalible-a-prueba-de-niños. Y luego nace tu hijo y todo a la mierda. Que oye, en el fondo es lo que mola, sino sería demasiado fácil y autocomplaciente.

Esta misma mañana estaba mi churumbel planteándome cuestiones livianas del tipo:

-Mami, como la Luna se formó a partir de la Tierra, entonces la Tierra no está entera, ¿verdad? ¿Y puede crecer? ¿Y existe vida en otros planetas? ¿Bichitos? Porque en Marte hay agua, ¿lo sabías? Y si en otra parte del universo existiese un planeta como la Tierra, ¿querrías ir? Yo te llevaría a ti… Y a papi… Y a los hermanos… Y… Oye, si la Tierra es redonda, ¿la atmósfera la envuelve como un plástico a una albóndiga? Y si un avión supersónico va todo recto, ¿se sale de la atmósfera?

Creo que los otros habitantes del autobús –el escenario ideal según mi primogénito para taladrarme a preguntas a las ocho de la mañana- aún deben estar descojonándose con mis cutre intentos de respuesta. Que soy veterinaria, no ingeniera aeroespacial, y parece que este crío aún no lo ha pillado.

Envejecer mientras Peque crece y recorre su camino es la mejor manera de comenzar cada día. Sí, estoy donde quiero estar.



                                                                         








miércoles, 11 de enero de 2017

Leer, ver, escuchar


Enero. Frío y pocas perspectivas de buen tiempo a corto plazo. Mi época preferida del año.

Ironías aparte, comienzo un 2017 que promete estar, como mínimo, lleno de emociones. A ver si son de las buenas (por ponerle optimismo a la vida que no quede).

Las Navidades han estado rellenas de sabores agridulces, pero se salvan, desde luego, por la carita de felicidad de Peque al descubrir que los Reyes Magos, sibaritas como ellos solos, se zamparon al pasar por casa tres bombones de colores (made by Mr. X), unos After Eight y Ratafia Russet de la buena para tirarlo todo abajo. Ahora mi salón es menos Kondo que nunca, inundado de Legos, aviones, peluches, y el regalo estrella de este año, una caja de cartón (de la pantalla nueva del ordenador) con la que lleva jugando toda la semana.

Eso sí, estas fiestas y sus rutinas alteradas, me han proporcionado ratos de esparcimiento personal a los que he sacado mucho provecho…

Leer

-Salvador. Vimos en televisión una entrevista a Salvador Alvarenga, un naúfrago que pasó 438 días a la deriva en el Pacífico, y la historia me atrapó. Mr. X me regaló el libro justo antes de Navidad y me lo leí en cinco días. Si algo me quedó claro, es que yo no hubiese pasado posiblemente de la primera semana. Las ideas que tuvo para sobrevivir me parecen alucinantes, desde mi cómoda existencia urbanita no sé ni la mitad de cosas que ese hombre para lograr subsistir en un medio hostil.

-Cómo ser mujer, de Caitlin Moran. Reconozco que no he leído mucho sobre feminismo, y lo que leía no me llegaba. Por fin, desde el humor, he sentido que conectaba con algo que hasta ahora me parecía ajeno.

Ver

-El concierto. En mi agenda hay una lista de películas futuribles. Lo que pasa es que a menudo pasa tanto tiempo hasta que surge la oportunidad de verlas, que ya no recuerdo quién me las recomendó, cosa que me sucedía con esta comedia francesa. La empecé a ver sin grandes expectativas, y acostumbrada a consumir sobre todo cine norteamericano, recordé lo refrescante que es cambiar de registro y disfrutar de la ironía europea. El final me dejó llorando de emoción. En perspectiva veo que han sido unos días llenos de locos y maravillosos violines…

-Gosford Park. Soy bastante fan de Robert Altman, tiene un sello inconfundible, me gustan sus miles de personajes, sus historias que se cruzan, pasiones, misterios y por encima de todo, interpretaciones que siempre me parecen brutales. Olé Helen Mirren, soberbia como siempre.

-Boyhood. El hecho de la que filmasen con los mismos actores a lo largo de varios años me llamaba mucho la atención, y la verdad es que le da una verosimilitud muy curiosa a la película. Si ya como madre sientes que el tiempo vuela, viendo crecer al chaval protagonista en dos horas y pico casi me da algo. Ese día Peque se llevó dosis extra de abrazos, besos y achuchones.

-Viaje a Sils Maria. No sé qué me llevó a apuntarla en mi lista, pero a pesar de ser extraña y no tener muy claro si la recomendaría o no porque puede ser un poco pedrusco, me gustó. Juliette Binoche siempre me parece creíble, y hasta disfruté con la interpretación de Kristen Stewart, a la que no tenía en mi altar actoral precisamente. Una reflexión sobre el tiempo y el ego.

-The OA. O cómo Netflix llegó a mi vida. Llevamos tres meses siendo usuarios de esta plataforma, y me tiene loca, loquita, loca. No puedo decir mucho de qué va la serie, salvo lo poco que te plantean de entrada: una chica vuelve a casa siete años después de haber desaparecido y sus padres flipan en colores al descubrir que ya no es ciega. De momento sólo hay una temporada de ocho capítulos y me los zampé en dos días. Quiero la segunda temporada ya.

Escuchar (y sentir, y reír, y bailar, y llorar)

-Ara Malikian. Ya hablé de él en el blog cuando lo descubrí. Papa Noel nos trajo a Mr. X y a mí unas entradas para disfrutar de su arte en el Palau de la Música, y desde entonces su violín suena en casa a todas horas. Peque también ha sucumbido, y me hace poner Misirlou veinte veces al día. No estoy exagerando, más bien me quedo corta, pero es que no es para menos…

                                                                   






                                                             









miércoles, 14 de diciembre de 2016

Kitschmas is coming


El día uno de diciembre, inaugurando nuestro calendario de adviento, Peque y yo procedimos a decorar la casa. Si ya de por sí tiende a ser de un barroco abigarrado, sumándole guirnaldas, lucecitas psicodélicas, tions y caganers, el resultado es cuanto menos, curioso. Tomé una foto de nuestro pesebre surrealista, la subí a instagram y en un alarde de ingenio creativo la titulé: “Kitschmas time”. Luego descubrí que el palabro ya estaba inventado, pero no importa, nadie se percató de mi súper juego de palabras.

Hablando del calendario de adviento, cada vez me cuesta más encontrar actividades con las que satisfacer a mi vástago. Es el tercer año que me lanzo a la aventura de idear veinticuatro actividades en un mes (¡veinticuatro!), y creo que cada edición es peor que la anterior. Bueno, hemos hecho cosas muy chulas (como patinar sobre hielo o ver ayer mismo Vaiana -¡muy recomendable!-), pero en esta recta final before Xmas estoy seca de ideas. Me quedan dos o tres ases en la manga, el resto es un desierto de inventiva maternal que ríete tú del síndrome de la hoja en blanco. Hoy la casita correspondiente al día catorce ha amanecido vacía y Peque se ha pillado un mosqueo XXL. Con lo que yo aún me he mosqueado más y he tenido que hacer acopio de toda mi reserva zen para resetear y no empezar el día de esa gloriosa manera. Y conseguido lo he (muy Yoda me veo).

Por fortuna, mi labor de mamá noela-reina maga está finiquitada desde la semana pasada y ahora sólo me queda pensar en qué manjares exquisitos prepararé para Nochebuena, única festividad en la que me toca currarme la comida. Tengo claro que como acompañamiento haré spätzle, una pasta que preparaba mi padre y que es éxito asegurado entre la población menor de edad que habita mi reino, pero aún rumio que cocinaré de plato principal.

Aunque confieso que ir de compras navideñas, ver los escaparates y las luces, pensar cosas chulas que hacer con mi estirpe y elevar mi espíritu navideño a la estratosfera tiene su punto, una parte de mí nada despreciable bucea en la nostalgia. Creo que me mola más el papel de niña que el de madre directora de eventos en lo que a las navidades se refiere. Quiero levantarme y que papá esté haciendo galletas de chocolate. Que el aroma a vainilla inunde el comedor. Que mi abuela me haga una coleta y me repeine con colonia. Que mi madre busque el disco de villancicos de Francia. Que en Nochebuena mi tía me prometa que iremos a patinar y me vaya a dormir con la convicción de que he visto el trineo de Papá Noel por la ventana. Que me levante en Navidad y descubra que la Nancy y la bicicleta están bajo el árbol. Que tenga quince días por delante para jugar, comer chocolate, divertirme y aborrecer la idea de volver al cole.

En el fondo, soy mucho más niña que adulta, sólo que lo disimulo muy bien.