lunes, 26 de junio de 2017

No me chilles que no te veo


Una prueba irrefutable de que empiezo a ser añosa es que tengo grabados a fuego en la memoria los títulos de las películas que vi en los ochenta y que me cuesta la vida entera recordar los recientes.

Ayer, contemplando una escena familiar, me vino a la mente una comedia que hoy sospecho que no me provocaría ni la mitad de carcajadas que cuando la vi, pero que ilustraba a la perfección el momento que estaba viviendo. En la película, Richard Prior y Gene Wilder, uno ciego y el otro sordo, la lían parda mano a mano mientras tratan de demostrar que no son cómplices de un asesinato como cree la poli.

Hace mucho tiempo que tenía ganas de sacar a mi abuela de la residencia y llevármela a la casa de veraneo de la familia de Mr. X, en la que estamos instalados desde la semana pasada, para que pudiese disfrutar del buen tiempo, de una comida rica y en familia, y del verdor del bosque. Finalmente logré encontrar un transporte adaptado, convencí a mi abuela, que no quiere dar trabajo a la añosa de su nieta, y me la llevé a casa.

Este fin de semana también estaba M, una amiga de mi suegra que es ciega. Las presenté debidamente y empezaron a charlar, aunque con ciertas dificultades por la pérdida de oído que sufre mi abuela. Así, me vi traduciendo los gestos de mi abuela en palabras para M, y amplificando las palabras de M para que las entendiese mi abuela. Era un tanto cómico y por eso Prior y Wilder vinieron a mi cabeza.

Ha sido un regalo pasar el día con mi mami,  como se llaman a las abuelas en Francia. Tiene la mente clara, y le gusta repasar para quien desee escuchar, cualquier anécdota de su vida. Yo empiezo a comprender mejor que nunca a la gente mayor. Comprendo que cuando el deterioro físico no conlleva deterioro mental, dentro de ese cuerpo ajado y que acumula los daños colaterales de la existencia hay alguien que puede sentir la vida con la misma frescura y entusiasmo que cuando tenía veinte años. Solo que el cuerpo ya no acompaña. Nada más. Y nada menos. Me parece una auténtica putada ir perdiendo capacidades. Pero para no parecer demasiado enfadada con la vida, que no es el caso ni de lejos, diré que trabajo mi aceptación del tema día a día a través de mis artrósicas rodillas y el reciente hallazgo de unos espacios intervertebrales más que estropeados que me han provocado unos dolores de espalda de lo más cabrones. Ommmm.

Mami cumplirá noventa años en enero. Si llega, apunta con rapidez, y entonces es cuando yo le recuerdo el refranero que me enseñó y aquello de que mala hierba nunca muere. Le saco una sonrisa y me mira cómplice porque en estos cuarenta años que llevamos conociéndonos ya hemos pasado mucho juntas. Me aprieta la mano y ese simple gesto alberga un universo de palabras y todo nuestro amor y gratitud recíprocos.

El verano ha llegado y con él nuestro éxodo anual a la casa del bosque. En la que Peque desgrana los estíos inventando historias con sus primos tras la improvisada cueva hecha de cuerdas y maderas. En la que Mr. X emula a sus adoradas lagartijas haciendo la siesta bajo el tórrido sol de agosto. En la que yo encuentro mis momentos de introspección mientras coloreo mandalas en una tumbona. En la que todos, en familia, gregarios por naturaleza, cocinamos, comemos, paseamos, reímos y después de dormir un poco, volvemos a empezar.




jueves, 22 de junio de 2017

La edad tonta


Peque tiene una fascinación absoluta por “la edad tonta”, como ha bautizado a la adolescencia gracias a la mala influencia de su madre.

Creo que todo empezó cuando vimos a un grupo de chicas hablando a gritos por la calle, gesticulando exageradamente y flirteando con poco disimulo con un chico con el que se habían cruzado. Peque las miró y me preguntó enarcando las cejas qué narices era ese griterío como si lo que habíamos visto fuera un grupo de macacos con maracas en vez de un grupo de amigas. Yo le expliqué grosso modo en qué consistía la adolescencia y él lo resumió como la edad en la que te pones un poco tonto (ergo mis explicaciones debieron ser un tanto simplistas). Por supuesto, no escondí que hace la friolera de veintitantos años yo podría haber sido cualquiera de esas mozas, y que él, a su debido tiempo, también discurrirá el excitante mundo de la pubertad.

Unos días después nos cruzamos con unos chavales haciéndose los gallitos en unas escaleras mecánicas que hay cerca de casa. Iban saltando, bajando a contramarcha, desgañitándose al son del móvil de uno de ellos… Yo los fusilé con la mirada un tanto mosqueada porque iban tropezando con todos los pacíficos usuarios de las escaleras, pero Peque me miró divertido y apuntó:

-Mamá, dentro de unos años yo haré lo mismo. Ya sabes, la edad tonta.

Mi churumbel ha encontrado en el alboroto hormonal de la mocedad la excusa perfecta para dar rienda suelta a sus fantasías ocultas. Yo ya le advertí categóricamente que si lo pillaba molestando así al resto de sus congéneres iba a tener un problema o dos con su señora madre.

También le encanta el tema de tener espermatozoides. Está esperando ansioso el día en que sus gónadas se pongan en funcionamiento.

-Es que mamá, ¡así ya no estaré nunca solo! Los tendré en mis testículos, ¡y son tan monos, con su colita!

Que debe imaginarse el chaval que los podrá ver con su mirada láser o algo. Y añadió:

-Y si todos dicen ¡a la derecha! Pues los testículos se me irán a la derecha ¡y tendré que girar!

Por lo menos no le dio por soltarme semejantes perlas en medio del autobús. Algo es algo.




lunes, 19 de junio de 2017

La enciclopedia


Cuando tenía unos catorce años, por Navidad, el regalo estrella fue una enciclopedia. Mis padres, con una tendencia sádica nada encubierta a verme sufrir, colocaron los paquetes unas horas antes de darme permiso para abrirlos para poder deleitarse con mi angustia mientras yo hacía cábalas sobre qué podían contener esas cajas cuadradas. Curiosamente, no recuerdo si me hizo mucha ilusión como regalo, aunque sospecho que sí porque siempre he sido curiosa y amante del conocimiento, así, en general. En aquella época pre-internet, tener una enciclopedia era un recurso casi indispensable para hacer los trabajos de la escuela. Y también para satisfacer en poco tiempo dudas existenciales. Recuerdo muchas cenas en las que de pronto, en medio de una conversación, nos asaltaba la cuestión de -por ejemplo- cuál era la capital de Angola. Mi madre o servidora saltábamos a la enciclopedia y resolvíamos la incógnita (Luanda, en este caso). Le pillé una agilidad bárbara a manejarme con el orden alfabético. Hoy en día sacas el móvil, pones Angola y Google te obsequia con más datos de los que puedas absorber en toda tu vida sobre ese país.

Cuando me mudé a vivir con Mr. x me llevé la enciclopedia. Pero en estos doce años no la he abierto jamás, y dado que mi casa no es precisamente grande, empecé a buscarle otro hogar. Primero probé con bibliotecas, luego centros cívicos, asociaciones diversas, mercados del libro, tiendas especializadas... Nada, nadie la quería, pero me dolía desprenderme de ella de otro modo.

Hace dos años, cuando tuve que vaciar la casa de mi padre al morir, me llevé los álbumes de fotos familiares y los coloque en varias cajas sobre un armario. En diversas ocasiones me descubrí preguntándome: ¿cómo se llamaba aquel pueblo de Alemania que tenía un mercadillo navideño tan bonito?, ¿qué año fuimos a Mallorca?, ¿qué edad tenía cuando encontramos aquel cachorro al que le buscamos familia? Y siempre pensaba que si tuviese los álbumes de fotos a mano podría resolver muchos interrogantes. No puedo coger el teléfono y llamar a mis padres para preguntarles nada, así que las fotos suponen un mundo para mí.

Al final, con mucho pesar y tras un último intento de colocar la enciclopedia, la dejé en el portal de casa el día que recogen los trastos. Jamás fue un trasto, por supuesto, y me gusta pensar que alguien la vio y se la llevó a casa, pero decidí cambiar el conocimiento universal que recogían sus páginas por el personal, y ahora tengo los álbumes a mano, para revisarlos y reencontrarme con la historia de mi vida.

Peque cumplió siete años hace unos días y le estoy haciendo un álbum digital. Es el tercero que le hago, y aunque él ahora no le dé mucha importancia –o más bien ninguna-, quizás en un futuro los valore como hago yo ahora con los que hizo mi madre. O no, pero yo disfruto mucho confeccionándolos. Mi sistema de archivo de fotografías puede ser un poco desquiciante, y lleva bastante trabajo, pero supongo que tener ordenada toda esa información es vital para mí. Cada semana bajo las fotos que he hecho en el ordenador, las clasifico por eventos, elimino las que han salido mal y les pongo nombre. A todas. Las hijas de Mr. X creen que estoy un poco pallá, pero cuando quieren hacer un collage se van a mi ordenador porque saben que tecleando su nombre saldrán las cientos de fotos archivadas con ese criterio. Además, de cada evento selecciono unas pocas imágenes que ya aparto para los álbumes digitales. Me pirra esa metodología y encuentro un placer astronómico en ese orden milimétrico (ya que mantener el orden en una casa concurrida es casi imposible, al menos lo logro en el mundo digital).

¿He dicho ya que Peque ha cumplido siete años? Siete. Madre del amor hermoso. Siete.

Y por muchos álbumes más.








miércoles, 19 de abril de 2017

Cuarenta


Hoy cumplo cuarenta. Cuarenta. ¿Cuarenta? 40. XL. Forty.

Aunque he hecho mucha coña con la famosa crisis de la década que estreno, la verdad es que estoy feliz de estar en el tiempo y el lugar en que me encuentro. Vamos, que me pirra cumplir años.

No negaré que cierta nostalgia me invade. Si mi madre estuviese viva, llevaría semanas preparando alguna celebración apoteósica y buscando la manera de sorprenderme y de regalarme, en la medida de lo posible, algo que me hiciera mucha, pero que mucha ilusión. Si mi padre estuviera vivo, se habría olvidado de mi cumpleaños, como siempre, hasta que mi madre se lo hubiera recordado y me hubiesen llamado juntos para felicitarme (eso sí, habría rescatado de su recetario algún pastel divino con el que homenajearme en la celebración apoteósica). Mamá, papá, estáis siempre conmigo, hoy más que nunca. Y a falta de vuestros soberbios ágapes, sé, que me lo ha dicho un pajarito, que mi suegra y señor esposo la están liando parda para no dejarme sin sorpresa y celebración.

Llego al cambio de década con algunas taras, todo sea dicho. Hubiese estado bien no tener las rodillas artrósicas dando por culo y disfrutar de una columna menos serpenteante que una boa constrictor, pero aunque mi sistema locomotor es bastante defectuoso sigue sosteniéndome y llevándome a los sitios que le pido con relativa dignidad, así que obviaremos el tener que correr como un pingüino escayolado cada vez que se me escapa el autobús.

En mis fantasías juveniles imaginaba una vida futura llena de aventuras, con éxitos prodigiosos, descubrimientos clave para la humanidad y viajes interminables por todo el planeta. Ni que decir tiene que no he conseguido ningún Óscar, Pulitzer o Nobel, pero oye, que no está nada mal ser del montón, disfrutar de los pequeños placeres diarios y saber que en tu microcosmos todo fluye de manera más que satisfactoria.

Mr. X, gracias por invitarme a operar aquella iguana. De no haber sido por aquel reptil con retención de huevos, a saber cuándo habría empezado nuestra love story (gracias a la iguana, dicho sea de paso, por ofrecernos un marco incomparable para flirtear). Gracias por ser, amado mío, simply the best. Gracias a Peque por hacerme la madre cuarentañera más orgullosa y babeante del mundo mundial –y vale, a ratos también la más desquiciada-. En fin, que gracias a la vida, que me ha dado tanto.

Pues ya está. Que tengo cuarenta. ¡Ozú!

PS: No sé nada de la fiesta sorpresa. Doy fe.


                                                                     





lunes, 10 de abril de 2017

Vértigo y claustrofobia


Cualquiera diría que vengo a hablar de los últimos viajes de los que he disfrutado, pero sí, a eso vengo. Con nocturnidad y alevosía.


Lisboa

Una de las cosas buenas, muy, muy buenas que tiene estar casada con un hombre que es un crack en lo suyo es que de vez en cuando lo invitan a dar conferencias all over the world y puedo apuntarme de acompañante. Mi regalo de las pasadas navidades fue una escapada romántica a Portugal aprovechando que Mr. X tenía que dar una palestra en Lisboa. Romántica porque dejábamos a Peque aquí a cargo de una de sus madrinas (que tiene tres, cual Bello Durmiente). He de confesar que a pesar de que no es la primera vez que viajamos sin él, sigo odiando dejarlo. Y si además he de coger un avión, peor. ¿He dicho ya que odio volar?

Pero como le comentaba a Matt el otro día, cuando surge la oportunidad de pasar tiempo en modo binomio, te das cuenta de lo aparcada que dejas la relación en el maremágnum de crianza-curro-intendencia doméstica. Así que sí, a pesar de que detesto viajar sin Peque, luego sé disfrutar del regalo que es tener a mi hombre para pasear, descubrir sitios nuevos, hablar sin interrupciones cada cinco segundos y otras cosas divertentes.

Aunque el tiempo no fue todo lo radiante que hubiésemos deseado, Lisboa nos enamoró. Cada vez que nos cruzábamos con un tranvía sacaba una foto, modo japo on, pero es que son preciosos. Se respira un aire levemente decadente, pero la ciudad se ve cuidada, con azulejos lustrosos y coloridos en la mayoría de edificios. Nos fascinó el suelo, un empedrado que es perfecto para caminar. No tan perfectas para mis rodillas son las numerosas subidas-bajadas-escaleras que hay que sortear, pero ese es mi calvario único y personal. La comida merece capítulo aparte, ni un solo día comimos algo que no fuese excelente, y me sacié de pescado sabroso.



                                                   
Como apunte práctico, decir que vale mucho la pena hacerse con un pase de transporte diario. El primer día compras una tarjeta de cartón que puede recargarse durante un año como te convenga, y lo que conviene es el pase de veinticuatro horas, porque así puedes acceder a todos los tranvías, que son mucho más caros que el metro, con el mismo título de transporte. Al día siguiente recargas y listos. He de confesar en este punto, que nada más comprar la tarjeta, Mr. X y yo pasamos por un momento de capullismo máximo. En nuestra ciudad los títulos se validan pasándolos por una ranura en la puerta de acceso al andén, y al llegar a ese lugar nos volvimos majaras buscando la ranura. Inútilmente, porque no hay. Simplemente hay que pasar la tarjeta por una zona señalada en rojo y se abre la puerta.

                                      


Subimos en el elevador de Santa Justa (¡aquí también vale la tarjeta de transporte!), visitamos el barrio alto, el mirador de San Pedro de Alcántara, callejeamos, cogimos el 28 (mítico, recorre la ciudad con su traqueteo hipnótico), fuimos al Monumento a los Descubrimientos y también a la torre de Belém, a la que le tenía muchas ganas. Es bonita porque sí, pero ahí llegó mi momento claustrofóbico. En los sótanos de la torre hay lo que en tiempos fue una armería y cuando la cosa se ponía chunga, una prisión. La afluencia de turistas a la torre es brutal, y cuando de golpe me vi en una marea de guiris en el sótano con los techos bajos cayéndome encima y asfixiándome, me dio el telele y salí pitando para respirar aire fresco. Creo que si me dejan en un sitio así me finiquitan rápido, qué angustiazo. Pero eh, la torre es muy bonita.

Nos quedamos con las ganas de ir al castillo de San Jorge y de visitar Sintra, y además Peque fliparía con tanto tranvía parriba y pabajo, así que si se puede, algún día repetiremos con él.

                                      


País Vasco

El fin de semana siguiente teníamos planeada otra escapada exprés para dejar a la hermana mediana de Peque en el País Vasco unos días.

En algún momento de mi infancia, quizás con ocho o diez años, fui a esa zona del país con mis padres. Recuerdo el verdor, San Sebastián brumoso y haber ido hasta Biarritz en un día de lluvia (aluciné con los surfistas dándolo todo en un mar picado y lleno de espuma). Recuerdo también un cómic que me regalaron con un detective como protagonista. Y recuerdo la habitación del hotel en penumbra. Tenía ganas de volver allí como adulta.

Salimos el sábado después de comer e hicimos una primera parada en Calahorra. Llegamos bastante tarde, así que mucho no pudimos ver, pero comer, comimos como dioses en un restaurante que nos recomendaron cerca de donde nos hospedábamos.

A la mañana siguiente partimos hacia nuestro destino, y aunque a ratos la lluvia volvió a ser compañera de viaje, las nubes se disiparon lo suficiente para poder disfrutar del paisaje soleado y verdísimo de esa tierra.

Hicimos una primera parada en Idiazábal para comer, y porque nos hacía una ilusión tremenda llevarnos un cacho de queso autóctono para casa. Después de llenar la panza nos dirigimos a nuestro destino, Oñati, y nos dimos el regalo de alojarnos en una preciosa torre medieval que corona la villa.
Antes de la cena hicimos una visita al santuario de Aránzazu. Ahí llegó el momento vertiginoso. Se me ocurrió asomarme a una balconada y casi se me sale el corazón por la boca. Desde luego, no sé cómo tuve narices de subirme a un globo con lo mal que lo paso en los abismos. El paisaje es espectacular, aunque la edificación en sí me pareció extraña, como de peli futurista. Al día siguiente el sol nos hizo de cicerone por el lugar, y nos encantó a todos. Peque se encariñó de una locomotora que había en una plaza y que casualmente se había fabricado en Barcelona.

                            


Como era un viaje exprés tuvimos que volver antes de lo que nos hubiera gustado, pero no sin antes parar a picar algo en los Mallos de Riglos, que después de tanta ciudad Mr. X tenía mono de pedrusco.



Y hasta aquí nuestras crónicas viajeras. Abril no promete más desplazamientos, pero sí emociones fuertes, porque aquí la menda cambia de década en apenas diez días y Peque ya me ha largado (sin chivarse demasiado) que algo se cuece…






jueves, 9 de marzo de 2017

Cuando yo era pequeña


Leí en los fantabulosos blogs de Remorada y Begobolas sus cuestionarios nostálgicos, y no he podido resistirme, lo que me gusta a mí ponerme a recordar…


1. ¿Tienen tus padres algún libro de recuerdos de cuando eras pequeña?

Mi madre hacía unos álbumes de fotos espectaculares, con fechas, anotaciones, entradas de los sitios que visitábamos… Cuando murió encontré en un armario una cajita que ponía “Cosas de mi Mo”. Dentro encontré cartas a Papá Noel, dibujos y notas que le había escrito. Ahora hago lo mismo con Peque.

2. ¿Sabes si te llamaron así por alguna otra persona?

Por mi madrina, la mejor amiga de mi madre. Como es francesa mi nombre también lo era, pero la normativa estatal no permitió que figurase así en la inscripción del registro de nacimiento. Sólo mi familia usaba la versión francesa. Ahora muy poca gente lo hace, pero me encanta que me llamen Monique.

3. ¿Conoces que otros nombres barajaban tus padres?

Verónica (Veronique, en realidad).

4. ¿Tu primer recuerdo?

Creo que es un recuerdo implantado. Me explicaron tantas veces la batallita que lo he acabado visualizando. Por lo visto el día de mi tercer cumpleaños lo estrené estampando mi frente en la cama y el chichón fue épico.

                                               


5. ¿Tus padres te leían o contaban historias? ¿Recuerdas cuáles?

De pequeña recuerdo más a mi abuela contándome historias: la ratita presumida, la cigarra y la hormiga, la liebre y la tortuga… Y una inventada que yo le cuento a Peque.

6. ¿Cuando eras pequeña te acuerdas de lo que querías ser de mayor?

Creo que lo primero fue traductora oral de las Naciones Unidas.

7. ¿Tenías algún profesor favorito?

Había una profesora que me caía muy bien, se llamaba Montse, y nos daba ciencias en primaria.

8. ¿Cómo solías ir vestida al colegio?

De segundo a octavo, con uniforme. Un pichi gris en una escuela, y pantalones azules y camisa blanca en la otra.

9. ¿A qué solías jugar?

Jugaba mucho sola con mis muñecas, y me encantaba construirles casitas. De cartón, plastilina, lo que tuviese.

10. ¿Tenías alguna casita de juguete?

La de Pin y Pon, que era una maleta.

11. ¿Algún recuerdo de tu familia en vacaciones?

En Alemania, verde en verano, blanca en invierno. Nos alojábamos en una granja con Zimmer Frei de la Romantische Strasse y paseábamos por los pueblos colindantes, los bosques frondosos, las ferias locales… Me encantaba.

12. ¿Y alguno de tus primeros cumpleaños o Navidades?

Cuando cumplí seis años invité a tres amigas del colegio y mis padres y mis abuelos maternos (vivíamos con ellos entonces) montaron una fiesta con gorritos y una piñata. Me alucinó.

13. ¿Heridas memorables?

Fractura de antebrazo (no sé si cúbito o radio) con unos ocho años. Antes de ir a piscina jugábamos en un parque, y me caí sobre mi brazo. Para mi desgracia, externamente no se veía nada y no me libré de nadar la hora entera con el brazo roto.

14. ¿Primera mascota?

De pequeña en casa había una Gossa d’Atura, pero mi primer sentimiento de cuidadora de un animal fue hacia un caracol que mi madre me hizo tener como mascota para superar el asco que me daban. Lo amé mucho, pero tuvo un triste final (mi abuelo lo pisó).

15. ¿Tus abuelos te solían contar historias de juventud?

No recuerdo demasiado de mi abuelo, pero mi abuela sigue viva y cada vez que la visito en la residencia me explica miles de historias. Es un regalo escucharla.

16. ¿Tu entretenimiento favorito de pequeña?

Las muñecas, leer, escribir, ver la tele, la Game Boy (era una máquina con el Tetris).

17. ¿Recuerdas la llegada de algún nuevo invento a tu casa?

Y tanto. El reproductor de CD, una navidad. Mi madre se compró el de la ópera Madame Butterfly y lo escuchamos esa misma noche.

18. ¿Tenías TV? ¿Blanco y negro o color? ¿Cuántos canales?

La primera que recuerdo tenía dos canales, y diría que era en blanco y negro.

19. ¿Te mudaste alguna vez de pequeña? ¿Recuerdas cómo fue?

Cuando tenía siete años mis padres se fueron a vivir juntos, antes mi madre y yo vivíamos con mis abuelos. No recuerdo la mudanza en sí, pero me alucinó pasar de una casa pequeña donde éramos ciento y la madre a tener mi propia habitación. Flipe máximo.

20. ¿Recuerdas algún desastre natural en el que se viera involucrada tu familia?

Mi madre no vivió ningún desastre natural que recuerde, pero sí me habló varias veces de unas fallas accidentadas en Valencia en los setenta (entonces su familia vivía en un pueblo cercano). Los petardos se mojaron la noche anterior y cuando encendieron el castillo de fuego empezaron a explotar hacia la gente, mi madre lo recordaba con verdadero horror.
Mi padre, por su parte, vivió un terremoto cuando residía en Venezuela, en la década de los sesenta.

21. ¿Algún recuerdo musical? ¿Qué canciones se oían en tu casa?

En casa todo era música. A mi padre le encantaban las rancheras, Chubby Cheker, Jerry Lee Lewis… Mi madre escuchaba mucha música clásica (Verdi, Mozart, Beethoven) y era fan absoluta de Pink Floyd y Queen. Pero no faltaban Abba, Boney M, Leonard Cohen…

22. ¿Algo que te enseñase un miembro mayor de tu familia?

Mi abuela me enseñó a hacer ganchillo.

23. ¿Marcas de tu infancia?

La Megadrive de Sega, los chicles Bang Bang, el champú Filvit (ejem)…

24. ¿Coleccionabas algo?

No con mucha dedicación. Por moda tuve algunos coleccionables de la época (el álbum de D’Artacán y los tres mosqueperros, cosas así).

25. ¿Tu recuerdo de infancia favorito?


Por suerte son muchos. Hoy me quedo con las madrugadas en las que partíamos a Alemania para hacer la mayor parte del trayecto de día. Nos levantábamos muy temprano y mientras mis padres desayunaban su café humeante yo me acurrucaba en el sofá esperando el momento de subirnos al coche y empezar la aventura.


                                   












lunes, 6 de marzo de 2017

Movimiento


Inicialmente escribí este texto para un concurso de relatos de formato libre que llegó misteriosamente a la bandeja de entrada de mi correo electrónico, pero entre pitos y flautas, que diría mi abuela, se me pasó el plazo de entrega antes de que pudiese darle la forma que deseaba... así que aquí se queda.



Lo que mueve mi vida pesa unos veintidós kilos, mide cerca de metro veinte, y cada día me lleva de la mano a un tiovivo de emociones. De la risa al llanto, de la plácida felicidad al mosqueo máximo, de los ratos de descanso a la extenuación suprema. Me llama mamá dos o trescientas veces al día o mami cuando pretende camelarme –cosa que por supuesto, consigue-.

Lo que mueve mi vida me convirtió en progenitora poniendo patas arriba mis creencias y prioridades, sumiendo nuestro hogar en el caos y obligándome a hacer acopio de ingentes dosis de paciencia, ingenio, cordura y alegría –imprescindible, lo sé bien- para sobrellevar los retos continuos a los que nos vamos enfrentando.

Aunque no creí que obtener el carné de madre cansase, preocupase y removiese tanto, sí intuí con certeza iba a ser un amor mayúsculo. Y me quedé corta, porque ese niño que me mira con ojos grises por la mañana y se pregunta el universo a través de conversaciones surrealistas que exigen respuestas ocurrentes y a veces imposibles, ha dado un vuelco a mi existencia.

Lo que mueve mi vida a veces me da un suave balanceo, en un abrazo de primavera, con risa contagiosa, y en otras ocasiones zarandea mis sentimientos, porque no comprende el mundo, ni se comprende aún a sí mismo y busca en mis reacciones la extensión de sus límites.

Lo que mueve mi vida lo hace en ocasiones a ritmo de rock, y en otras con la suave melodía de un violín, pero casi nunca en silencio, porque necesita unos acordes que nos acompañen, porque sabe que su madre se convence más fácilmente con una canción de fondo que eleve su ánimo, porque siempre nos ha ido bien así. En movimiento, él y yo, desde que era una célula aletargada en un tranquilo vaivén en algún lugar de mi ser.